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NORA RODRIGUEZ
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«LIBRE». En el lugar donde Jokin se
suicidió sus compañeros han dejado flores y velas. La madrugada del 21 de
septiembre cogió su bici y salió de casa. Encontraron su cuerpo a los
pies de la muralla de Hondarribia 12 horas después. «Libre, oh, libre.Mis
ojos seguirán aunque paren mis pies», escribió la tarde antes en
Internet.
JUSTY
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Jokin, 14 años, comienza a ser objeto de burla de amigos y compañeros
cuando, a principios del curso pasado, se hace sus necesidades encima en
clase / De la mofa, pasan a los golpes, incluso le rompen el aparato dental
en una paliza / «Le hacían comer tierra», dice una compañera / Durante el
campamento de verano, Jokin y su cuadrilla son pillados por los monitores
mientras fumaban un porro / Cuando el asunto llega a oídos de los padres de
los adolescentes, todos señalan, injustamente, a Jokin como chivato y se
ensañan más con él / El 13 de septiembre, primer día de clase, es recibido
con el aula decorada con papel higiénico para celebrar el aniversario de la
diarrea y con golpes / 14 de septiembre lo acribillan a balonazos en el
gimnasio / El 15, otra paliza cruel / Jokin deja de ir a clase y su tutora
alerta a los padres / Padres y profesora acuerdan que Jokin vuelva al aula el
martes 21 con un móvil por si tuviera problemas / Esa madrugada, se suicida
Jokin, no te conocía pero yo también he pasado por lo mismo. Mi dolor sigue
oculto, el tuyo ya no y servirá para hacer cambiar las cosas. Ahora descansa
en paz. Un beso». El pasado miércoles alguien dejó esta frase, escrita en un
folio blanco con tinta azul y en castellano, al lado de las velas que dibujan
las iniciales de Jokin, J.C., junto a la muralla de Hondarribia (Guipúzcoa).
Es el lugar donde Xebe, como le llamaban sus compañeros, decidió poner fin a
su vida tras ser víctima durante más de un año de lo que se conoce como
bullying. Un anglicismo con el que se designa el proceso de intimidación en
los centros de estudio, sistemático y creciente, por parte de ciertos
compañeros hacia otro, con el beneplácito del grupo.
La carta, sorprendentemente, al día siguiente, jueves, había desaparecido.
¿Porque delataba que hay más Jokins, o porque rompía con el pacto obligado de
silencio impuesto por el centro escolar? Sea como fuere, lo cierto es que no
sabemos si los alumnos del centro reciben atención psicológica tras lo
ocurrido, tampoco si alguien se ha tomado el trabajo de explicarles que el
bullying lastima y mata de muchas maneras.
Comencé a estudiar el fenómeno en España al final de la década de los 90. En
realidad, lo que me interesaba era el mobbing.Pero, para mi sorpresa, cuando
comencé a entrevistar a personas que sufrían hostigamiento en el trabajo
descubrí que gran parte de ellos había sido a su vez objeto de burlas y
abusos en el colegio, es decir, víctimas de bullying. Luego topé con las
cifras: un 48% de los escolares españoles entre los nueve y los 14 años ha
padecido o padece violencia por parte de un compañero. Para más de la mitad,
el acoso es psicológico y un 18% lo sufre también físico, heridas de arma
blanca (2%) y agresiones sexuales (2,5%) incluidas. A partir de entonces
comencé a entrevistar a niños (tanto agredidos como agresores) en toda España
y la realidad del problema me resultó aún más cruda que la estadística. Un
padecimiento que casi todos llevaban en silencio y del que algunos escapaban
recurriendo también a la violencia. Son los otros Jokin, y son legión.
Como Erika, de 16 años, sevillana, que cogió un cuchillo de su casa y lo
llevó a clase para clavárselo en el brazo a una de sus acosadoras después de
dos años soportando que se burlaran de ella por su aspecto. No pudo más y reaccionó
de la peor forma que supo, convirtiéndose ella también en una agresora.
Sandra (17 años) es una excelente estudiante de un colegio de Barcelona que
aún tiene problemas con la comida. En segundo año de ESO, sus tres mejores
amigas empezaron a mofarse de ella a y ridiculizarla delante de toda la clase
y de los profesores, quienes, por cierto, también se reían de las bromas.
Como en el caso de Jokin, alguien le colocó a Sandra el cartel de chivata, la
señaló como la persona que había delatado a sus tres amigas cuando el coche
del director apareció lleno de pintadas insultantes.Cuatro años después, su
diagnóstico sigue siendo anorexia nerviosa.La semana pasada en Argentina, en
un pueblo tranquilo de la
Patagonia, un joven mataba tres compañeros de clase porque
estaba cansado de las burlas.
«Alvaro me pega, pero también me cuida de que los más grandes me hagan daño».
Marcos, un niño inmigrante de ocho años, lleva casi uno recibiendo palizas de
sus compañeros, pero sobre todo de su amigo, un bully de su misma edad que de
un puñetazo a final de curso del año pasado le destrozó las gafas. A Xebe,
los aparatos de los dientes. Otros llegan a casa con moratones y heridas, la
ropa rota, o sus pertenencias destrozadas.
Mónica cursa 3º de ESO y desde el año pasado es víctima de una chica y un
chico de su grupo. Apenas empezar las clases llegó a casa con más de 20
chicles pegados en la cabeza. Sigue siendo una excelente alumna pero desde
hace dos días no quiere salir de casa. Jokin también era listo y sacaba buena notas.
¿Cómo llega un estudiante a convertirse en marioneta de su acosador? Primero
se trata de burlas con apariencia de juego. Lucas es obeso, tiene 11 años, y
lleva cinco soportando intimidaciones.En primer grado, cuando empezaron las
bromas pesadas que le hacía un niño en particular -hijo de la secretaria de
la escuela-, pesaba 42 kilos. Ese año nunca escuchó su nombre y sí «bola de
grasa», «el gordo», «el pelota». Lucas, un chico muy tímido, reaccionaba al
principio llorando. Ahora se le puede ver solo por el patio de la escuela. Lo
han derrotado.
DESNUDO EN EL LAVABO
El año pasado lo desnudaron en el lavabo y le escondieron la ropa. Asiste al
colegio porque no se atreve a decirle a su padre lo que le pasa. Si alguien
hubiera hablado con él cuando se sintió humillado en la clase de gimnasia -el
día que el profesor le gritó «corre gordo, baja la tripa» porque iba más
lento que los demás- tal vez sabría defenderse. En ese momento todos rieron y
Lucas se sintió doblemente humillado. ¿Cómo se sentiría Jokin el día que una
profesora le ordenó que recogiera los rollos de papel higiénico que sembraban
los pupitres cuando sus amigos festejaban el aniversario de su diarrea en
clase?
Lucas se culpa de lo que le sucede. Hay una profesora que sabe de su calvario,
pero el colegio no toma medidas. Él se esfuerza por agradar pero su actitud
causa el efecto contrario: exaspera al bully, y cada día soporta más golpes,
codazos y empujones.¿La última vejación que ha
sufrido? Le orinaron la mochila en uno de los recreos.
La niña de cinco años de un colegio público cerca de Málaga también pensó que
si cada día le daba su almuerzo a una de sus cuatro acosadoras de seis años
dejarían de encerrarla en los lavabos.No fue así. Se quedaban con su
bocadillo, la metían en los baños y la amenazaban por si abría la boca. Su
madre notó que algo ocurría porque la veía agitada, insegura y sufría
pesadillas.Finalmente, la niña lo contó todo y la escuela tomó medidas.Sus
maltratadoras fueron sancionadas y una monitora se encargó de vigilar los
lavabos y el patio.
No todas las víctimas lo cuentan. Generalmente se apartan, se aíslan, porque
no quiere volver a sufrir. Jokin no fue este septiembre a las fiestas del
pueblo con sus amigos. Ya no quería divertirse ni estar con sus maltratadores.
Ni siquiera tenía ilusión por su 15 cumpleaños, que hubiera sido cuatro días
después del fatídico martes 21.
Pau tiene 14 años y por un problema en los huesos lleva botas ortopédicas.
Dos de sus compañeros le empujan y se ríen. Se ha caído varias veces y ha
llegado lastimado a casa. Los bullies, o alumnos acosadores, argumentan que
sólo lo hacen para divertirse, que no le quieren hacer daño Nada de ello es
verdad. Buscan sentirse protagonistas. Necesitan percibirse fuertes y
poderosos.Se sienten superiores cuando machacan al otro. Tras el
enfurecimiento de la víctima esconden sus propias heridas. Bajo la apariencia
de una novatada, los bullies camuflan su inseguridad, y llenan su vacío
emocional. Persiguen sin descanso vivencias diferentes, y necesitan impresionar.
A Mario, con 15 años, su perseguidor desde hacía más de dos años le escupía
su comida en el comedor del colegio y se la hacía engullir ante la risa de
sus compañeros. Todos los días. Era el modo en que creaba espectáculo. Una
experiencia que el bully definía como «excitante», pero sólo mientras estaba
frente al grupo. Luego, cuando Mario tímidamente vomitaba después de comer y
algún monitor averiguaba qué ocurría, mostraba razonamientos
autoexculpatorios: «Él me pidió una broma y a mí se me ocurrió ésta ». O
apelaba a sus derechos: «Me estaba provocando y yo sólo lo hice para
defenderme». O se hacía pasar por víctima: «Es que a mí también me lo han
hecho».
Si nadie desea que estudiantes de 11,12, 14 ó 16 años acaben como los
escolares de la novela de Golding, El señor de las Moscas -quienes tras
pintarse la cara como guerreros y siguiendo a un líder se convirtieron en
asesinos de un compañero mientras gritaban: «¡Dadle
muerte al cerdo!» «Dadle muerte al cerdo!»- ¿por qué
razón profesores y padres siguen mirando para otro lado? ¿Por qué nadie les
enseña a los niños desde pequeños que permanecer callados frente a la
violencia los vuelve inmunes, impotentes y vulnerables, e incluso puede
llevarlos a ser la próxima víctima? ¿A quién protegen realmente siguiendo la
ley del silencio?
Carolina, a sus 20 años, recuerda con espanto lo que le hacían a uno de sus
compañeros de clase, el «genio de las matemáticas», como aún le llama. «Le
tiraban botellas de plástico, le pegaban, le rompían las carpetas, le tiraban
las gafas al suelo, le ponían tierra en su comida A veces, cuando Joaquín
estaba tendido en el suelo, doblado en dos y con una mano en la barriga y
otra en la cabeza, un grupo de amigas y yo gritábamos ¡parad! Pero ellos no
paraban. A veces sueño con Joaquín al que no vi más.Sueño que nos golpean a
los dos». Tanto los bullies como los testigos mudos forman parte de un mismo
circuito de miedo y necesidad.
¿Y los padres? ¿Qué hacen cuando descubren que su hijo ha abusado de un
compañero? En la mayoría de los casos no quieren verlo.Esta semana el diario
vasco El Correo publicaba las declaraciones anónimas de uno de los padres de
los chicos implicados en el caso de Jokin. Intentaba excusar a su hijo
haciendo ver su lado bueno -«su cuadrilla (los bullies) fue su refugio y
muchas veces su defensa», o eran « sus amigos, solían defenderle»- o
minimizan su brutalidad -sólo le pegaron «el primer día», después
participaron muchos alumnos...-.
«Goliat», como lo llaman sus amigos -un chico que había sido víctima de malos
tratos por parte de su padre, y que con sus 13 años repetía un guión
conocido- pegaba y se burlaba frecuentemente de uno de sus compañeros. Su
madre lo descubrió porque le escuchó contárselo a un amigo por teléfono. En
lugar de mirar para otro lado, optó por llevar a su hijo a un psicólogo y
habló con los profesores y con los padres del chico agredido. Entre todos
consiguieron que el colegio instaurara la figura de un mediador que le enseñara a los alumnos cómo resolver estos episodios.
Padres y escuela, pusieron de su parte para que no volviera a ocurrir. En el
instituto de Jokin y en todos deberían hacer lo mismo.
Nora Rodríguez, pedagoga experta en bullying, ha escrito «Guerra en las
aulas»
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